Derecho y Política

La Revolución de mayo de 1810 ¿el inicio de la grieta argentina?

7 de mayo de 2024

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Por Dr. Jorge A. Núñez – Docente e Investigador Universidad Siglo 21

Celebramos doscientos catorce años del inicio de la Revolución de Mayo y el comienzo de un proceso revolucionario que duró al menos una década de guerra y grietas En esa Primera Junta de Gobierno, se expresaban dos proyectos políticos divergentes, una idea moderada, de autonomía dentro de la monarquía española y una línea radicalizada, que planteaba la independencia absoluta.

En ese momento, Buenos Aires era la capital del Virreinato del Río de la Plata, creado en 1776, en el marco de las llamadas reformas borbónicas y formaba parte de la monarquía católica española. En el plano internacional, para 1808, Napoleón Bonaparte invadía España, apresaba al rey Fernando VII y ungía en el poder a su hermano José Bonaparte (alias Pepe Botella, por su afición a las bebidas espirituosas).

En el ideario jurídico-político del Antiguo Régimen, Dios le daba la soberanía al pueblo y éste, por un pacto, decidía otorgársela al Rey. Por ello, ausente o preso el rey, había una retroversión de la soberanía al pueblo. Así, en todo el territorio español comenzaron a nacer Juntas que repudiaban al invasor francés y que gobernarían en nombre de Fernando VII hasta que éste fuese restituido en el trono.

Todas las Juntas de los pueblos se agruparon en la Junta Central de Sevilla (los americanos estaban allí muy escasamente representados), que cayó a comienzos de 1810 ante el avance del temible -y hasta entonces invencible- ejército napoleónico. Ya no quedaba ninguna autoridad española en la metrópoli.

Cuando llegaron a América del Sur las noticias de la caída de la Junta Central de Sevilla, comenzaron a formarse los primeros gobiernos patrios. Así, casi contemporáneamente -a medida que arribaban los barcos con la novedad- se establecieron Juntas en Bogotá, Caracas, Santiago de Chile, Buenos Aires, entre otras ciudades.

Ahora bien, en Buenos Aires debemos dar cuenta de un antecedente clave e insoslayable: las Invasiones Inglesas. Retrocedamos unos años en el tiempo.

En 1806-1807, Inglaterra, ávida de nuevos mercados donde colocar los productos fabricados en su pujante revolución industrial, invadió la capital del Virreinato del Río de la Plata. Su dominio sólo duró cuarenta días. Liderados por Santiago de Liniers, los criollos (también pardos y morenos) se organizaron en milicias y expulsaron al poderoso ejército inglés comandado por Guillermo Carr Beresford. Poco después, defendieron con uñas, dientes y todo lo que tenían a mano para rechazar la segunda invasión, mucho más numerosa, en este caso, encabezada por John Whitelocke.

Las invasiones inglesas dejaron varias enseñanzas y un legado muy importante: la autoconciencia del poderío de los porteños que se organizaron en milicias y expulsaron a la nación más poderosa del mundo de ese entonces. También, mostraron la importancia de los sectores populares urbanos, “el bajo pueblo”, que a partir de allí no podría ser desdeñado (es preciso discutir la idea que la Revolución fue obra exclusiva de las elites criollas, sin participación popular). Por último, reflejaron la cobardía y falta de legitimidad de las autoridades virreinales. Recordemos que, ante la llegada de los ingleses, el virrey Rafael de Sobremonte -siguiendo estrictos protocolos- huyó a la provincia de Córdoba con el Tesoro Real, para resguardarlo.

Las causas de la Revolución son múltiples: el contexto internacional era determinante. También, el creciente malestar contra los españoles por parte de los criollos, en especial a partir de las reformas borbónicas, por las cuales se vieron desplazados de los principales cargos en la administración por los “peninsulares” venidos desde la metrópoli. El malestar también se observaba en los sectores subalternos, agobiados por el peso de nuevos impuestos aplicados por la dinastía borbónica. Basta recordar el levantamiento de Túpac Amaru de 1780 que fue brutalmente aplastado por el ejército del Rey y terminó con el líder indígena destrozado, cuando su cuerpo fue atado a cuatro caballos. Por último, pero no menos importante, la creciente tensión entre los comerciantes españoles partidarios del monopolio comercial (había unos pocos puertos habilitados en España y América) y aquellos sectores que pedían por el libre comercio.

La Semana de Mayo

Alrededor del 17 de mayo llegaron las noticias de la caída de la Junta Central en Sevilla. Días después, presionado por una movilización popular liderada por Domingo French y Antonio Beruti, el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, convocó a un Cabildo abierto para el 22 de mayo donde debería definirse si continuaba en el cargo.

El debate fue largo y muy arduo: algunos cabildantes sostenían que los americanos debían obediencia a España. Otros reclamaban la soberanía para Buenos Aires.

La votación, ya en la madrugada del 23, fue una paliza: 162 votos por la destitución de Cisneros y 62 por su continuidad. En un acto de gatopardismo (es decir, cambiar algo para que nada cambie), Cisneros intentó conformar una Junta…. presidida por él mismo, lo que provocó una gran indignación popular. Manuel Belgrano, enardecido, planteó tomar las armas para expulsar al Virrey.

Al día siguiente, el 24, Cisneros renunció y el 25 de mayo se conformó la Primera Junta de Gobierno. Ésta expresó dos proyectos políticos divergentes, lo que hoy denominamos la grieta. Por un lado, una idea moderada, de autonomía dentro de la monarquía española, encabeza por Cornelio Saavedra, presidente de la Junta. Por el otro, una línea radicalizada, encabezada por el secretario Mariano Moreno (el jacobino criollo, influenciado por la Revolución Francesa). Moreno -junto a Manuel Belgrano y Juan José Castelli “el orador de la Revolución”-, que planteaba la independencia absoluta. Así, afirmaba Moreno, como no hubo consentimiento en el momento que se produjo la conquista española, era preciso romper los vínculos con la metrópoli.

Una de las tareas prioritarias de esa Primera Junta fue lograr el reconocimiento de su autoridad ante los pueblos que integraban el ex Virreinato del Río de la Plata (que hoy corresponde a cuatro países: Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay). También, claro, la guerra contra los realistas (partidarios del Rey), que fue, en definitiva, la que permitió la supervivencia de la Revolución.

Pero esa ya es otra historia.