16/06/2026 3 min para leer

Vos creés que elegiste. Alguien ya había elegido por vos.

Vos creés que elegiste. Alguien ya había elegido por vos.
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Por Joan Cwaik, speaker masterclass internacional Universidad Siglo 21

 

Circula desde hace años una idea que tiene la ventaja de ser cómoda. Dice que los algoritmos nos manipulan, que deciden lo que compramos, lo que miramos y hasta a quién votamos. Resulta cómoda porque nos deja convenientemente afuera de la ecuación. Si la responsabilidad es de la máquina, entonces nosotros quedamos como víctimas inocentes de un sistema que nos excede Lo interesante de debatir esa idea, es que describe mal el problema, y al describirlo mal nos impide hacer algo con él.

El algoritmo casi nunca decide en lugar de las personas. Lo que hace es trabajar antes, en una capa previa que rara vez miramos. Arma el menú, ordena las prioridades y recorta el universo de lo posible mucho antes de poder elegir. Para cuando sucede la elección,ocurre de un marco que definió otro, con criterios desconocidos y que casi nunca se pueden auditar. La libertad de elegir permanece intacta, y esa es la trampa más elegante de todas, porque lo que se achicó en silencio fue el conjunto de cosas entre las cuales esa libertad puede ejercerse.

Cuando una plataforma de streaming organiza su pantalla de inicio. o está prediciendo de manera neutral qué contenido puede resultar más interesante para cada usuario, sino optimizando variables como el tiempo de permanencia en la plataforma.

Algo similar ocurre con los buscadores de internet: ordena resultados arrastra los sesgos de los datos con los que fue entrenado. Un ejemplo ampliamente estudiado en Estados Unidos mostró que ciertos nombres propios aparecían asociados con anuncios que insinuaban antecedentes penales, sin que nadie hubiera escrito esa regla en ninguna parte. El fenómeno surgió como resultado de los procesos de optimización del sistema.,

 

Acá llega la parte incómoda, la que separa una reflexión honesta de un panfleto tecnófobo. Nada de esto se resuelve apagando el teléfono ni abandonando las redes, una salida romántica que ni siquiera deseo. Las herramientas que tenemos en 2026 son extraordinarias, y la inteligencia artificial generativa nos acerca conocimiento que hace una década parecía inalcanzable. La cuestión pasa por no regalar gratis nuestra capacidad de elegir.

 

Es posible pensarlo como forma de soberanía cognitiva. Cada vez que una interfaz ofrece algo, alguien definió previamente ese algo, con intereses que no siempre coinciden con los propios. Es interesante preguntarse qué quedó afuera del recorte, buscar a propósito lo que el sistema no pensaba mostrar, sospechar de la comodidad demasiado perfecta, son gestos mínimos que recuperan la porción de decisión que se fue corriendo de a poco.

 

La próxima vez que una pantalla resuelva algo en cuarenta segundos, es importante realizar el ejercicio de mirar lo que no está. En eso que el sistema decidió no mostrar vive la pregunta más interesante. Quién lo eligió, y por qué conviene que lo haya elegido.

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