La Inteligencia Artificial como nueva alteridad
La expansión de la Inteligencia Artificial no solo transforma procesos productivos y organizacionales. También modifica la forma en que los sujetos se piensan a sí mismos y se vinculan con el mundo. En este contexto, la IA deja de ocupar el lugar de instrumento externo para convertirse en una presencia relacional, una alteridad con la que se interactúa cotidianamente.
Este giro se vuelve especialmente visible con la llegada de la llamada Inteligencia Artificial Agéntica. A diferencia de desarrollos previos, estos sistemas no se limitan a procesar información o generar respuestas. Despliegan lenguaje, simulan emociones, anticipan comportamientos y ejecutan acciones con efectos reales concretos sobre el entorno. La interacción ya no se da únicamente con una herramienta pasiva, sino con máquinas que participan activamente en dinámicas de validación, orientación y decisión.
Esa aparente autonomía de la IA Agéntica – en realidad un complejo conjunto de instrucciones que fueron escritas por personas y que corren sobre sensores, placas de silíceo, plaquetas, conexiones inalámbricas y soldaduras- altera profundamente la forma en que los humanos interpretamos lo que ocurre. Comenzamos a atribuir a la simulación algorítmica categoría de verdad, entablamos fuertes simbiosis con imágenes de ávatars en una pantalla como si fueran personas reales; y construimos sentido en una nueva Interacción Humano IA que incide en la percepción del propio yo. Desde las Ciencias Sociales, este fenómeno puede leerse como una reconfiguración de los procesos de individuación en contextos de plataformización y dataficación de la experiencia.
En este marco, la Inteligencia Artificial no puede pensarse como un espejo neutral. Estos sistemas cristalizan memorias colectivas, imaginarios culturales y asimetrías históricas. Al clasificar, personalizar o evaluar experiencias, producen formas de reconocimiento y visibilidad que inciden en cómo los sujetos se perciben a sí mismos y a los otros. La cuestión identitaria se entrelaza así con dilemas éticos, políticos y sociales de primer orden.
Aquí la transparencia adquiere un rol central. Cuando la Inteligencia Artificial actúa como interlocutora y agente, comprender cómo y bajo qué criterios opera se vuelve parte constitutiva de la experiencia intersubjetiva. En este contexto cobra relevancia la Inteligencia Artificial Explicable, una cosmovisión de la IA que propone abrir la “caja negra” algorítmica y ofrecer explicaciones comprensibles para no expertos, no solo como requisito técnico, sino como condición de sentido, confianza y responsabilidad compartida.
Frente a este escenario, la educación superior no puede limitarse a pincelar a alumnos y profesionales con una gama de herramientas inteligentes que sigan orientadas al modelo de sujeto anterior, en la creencia de que sumar tecnología alcanza. El desafío es más profundo: formar profesionales, líderes y ciudadanos capaces de interrogar críticamente los sistemas de IA Agéntica que ya participan en nuestras coyunturas. La universidad se convierte así en un rico laboratorio crítico y vivo en donde se ensayan nuevas formas de ética tecnológica centradas en lo humano, no para adaptarse pasivamente a la aceleración digital, sino para mirarla, comprenderla, juzgarla e intervenirla.
Directora Especialización en Inteligencia Artificial