27/03/2026 3 min para leer

Cuando el hallazgo aparece por sorpresa: la creatividad de la serendipia

Cuando el hallazgo aparece por sorpresa: la creatividad de la serendipia
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Por Federico Fros Campelo

Speaker Masterclass Internacional. Universidad Siglo 21

En el mundo de la creatividad y la innovación suele pensarse que todo surge a partir de planes meticulosos, estrategias claras y procesos bien diseñados. Sin embargo, muchas de las ideas y descubrimientos más influyentes de la historia nacieron de una combinación inesperada: experiencia, curiosidad y un acontecimiento fortuito. A ese fenómeno se lo conoce como serendipia.

 

La creatividad puede manifestarse de distintas maneras según el contexto en el que trabajamos. Dos variables resultan especialmente relevantes: el nivel de conocimiento o experiencia que tenemos sobre un tema, y el grado de planificación con el que abordamos una tarea. Cuando hay poca planificación y lo que ocurre se va descubriendo sobre la marcha, aparece un terreno fértil para que suceda algo inesperado. Allí es donde surge la serendipia: un descubrimiento valioso que aparece mientras se está buscando otra cosa.

La imagen que mejor ilustra este fenómeno es la de un turista que decide bucear y, al apartarse del grupo, encuentra algo extraño bajo la arena. Tal vez no se trate de un experto en arqueología ni tenga idea de cómo identificar reliquias históricas, pero algo en ese objeto llama su atención. En lugar de ignorarlo, decide observarlo con más detenimiento. Más tarde podría descubrir que aquello era una pieza arqueológica o incluso un tesoro. La suerte tiene un papel evidente en esta historia, pero la creatividad aparece en el momento clave: cuando alguien sospecha que lo inesperado podría esconder algo importante.

La ciencia está llena de ejemplos de este tipo de hallazgos. Uno de los más fascinantes ocurrió a comienzos de la década de 1990 en un laboratorio de Parma, Italia. El neurofisiólogo Giacomo Rizzolatti investigaba la actividad de ciertas neuronas en el cerebro de un macaco llamado Macaca nemestrina. El objetivo era comprender cómo funcionaba el área F5 del cerebro, una región vinculada con los movimientos precisos de manos y dedos. Comprender ese mecanismo podía ayudar, en el futuro, a rehabilitar pacientes con daños neurológicos.

Pero el avance más importante no ocurrió durante un experimento planificado. Un día, cuando el laboratorio estaba vacío, Rizzolatti tomó uno de los maníes que usaban para recompensar al macaco. El animal lo observaba en silencio. De repente, el monitor conectado a los electrodos registró actividad neuronal. El macaco no se había movido. Sin embargo, las neuronas que normalmente se activaban cuando el animal tomaba un objeto parecían responder simplemente al ver a otra persona hacerlo.

Intrigado, el investigador repitió la acción. Volvió a tomar un maní. El monitor volvió a marcar actividad. Ese momento aparentemente trivial terminó dando lugar a un descubrimiento fundamental: existían neuronas que se activaban tanto cuando realizamos una acción como cuando vemos a otros realizarla. A ese conjunto de células se lo conoce hoy como neuronas espejo.

Este hallazgo permitió comprender mejor cómo funciona nuestra vida social. Los mecanismos de percepción y acción en el cerebro están tan estrechamente conectados que, al observar a otra persona, nuestro sistema nervioso reproduce internamente parte de su experiencia. Gracias a este proceso podemos reconocer emociones, interpretar intenciones y empatizar con los demás. En otras palabras, aquel episodio casual en el laboratorio terminó revelando uno de los fundamentos biológicos de la empatía humana.

Otro caso clásico de serendipia ocurrió varias décadas antes y cambió para siempre la historia de la medicina. En 1928, el bacteriólogo Alexander Fleming trabajaba con cultivos bacterianos en placas de laboratorio. Antes de desechar algunas muestras, notó algo extraño: en una de ellas había crecido un hongo contaminante. Lo curioso era que alrededor del moho las bacterias habían desaparecido.

Al observarlo con mayor atención identificó al hongo como Penicillium notatum. Ese microorganismo producía una sustancia capaz de destruir bacterias. Así nació la penicilina, el primer antibiótico de la historia, un descubrimiento que transformó radicalmente la medicina moderna y abrió el camino para el desarrollo de numerosos tratamientos contra infecciones.

En ninguno de estos casos existía un plan previo para encontrar lo que finalmente apareció. Pero sí había algo fundamental: una mente preparada para reconocer el valor de lo inesperado. La serendipia no consiste únicamente en tener suerte. También requiere curiosidad, capacidad de observación y la disposición a detenerse frente a aquello que rompe con lo habitual.

En ciencia, en tecnología y también en la vida cotidiana, muchas innovaciones nacen precisamente allí: en ese momento en el que alguien decide mirar dos veces algo que, para la mayoría, habría pasado desapercibido. Porque a veces, mientras creemos estar buscando una respuesta, lo que encontramos —por casualidad— puede terminar cambiando por completo la pregunta.

 

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